El polvo lo cubría todo, entraba por cualquier rendija, buscaba el mínimo hueco por el que colarse, ese polvo fino que traía el viento que bajaba de las montañas.
El vehículo traqueteaba por el camino irregular, dibujado por pezuñas de burros y dromedarios, por sandalias remendadas y botas claveteadas, redibujado por cadenas o ruedas en los últimos años.
El sudor era absorvido por la badana que cubría la cabeza, oculta bajo el casco no se descubría,los labios resecos delataban la tensión que nos atenazaba a todos en el recorrido del maldito camino que se enterraba entre riscos para salir a cortes imposibles en las montañas y acabar en la árida meseta.
La pequeña aldea apareció tras un recodo del camino, destartalada y con picaduras en todas las casas, consecuencia de esa guerra que no existe, las callejuelas eran recorridas por remolinos de aire que amontonaban el polvo en cualquier rincón que les impidiera su libre desplazamiento.
Los pocos niños de la aldea salieron directos hacia el convoy, los camiones con la bandera azul cargados de sacos eran buen presagio para sus estómagos siempre hambrientos, los blindados que les seguían no les importaban hasta que uno se detuvo junto a ellos y un soldado saco un balón y unas bolsas de golosinas, los primeros movimientos reticentes y desconfiados se volvieron ansiosos por descubrir que nuevas sorpresas le trian aquellos soldados.
Las autoridades se acercaron al convoy e indicaron donde estaba el lugar para distribuir la ayuda, los vehículos se dispersaron e iniciaron la labor a la que venían.
Unos jóvenes se acercaron a los camiones y comenzó una puja a voces con los que custodiaban los camiones, el polvo pareció convertirse en niebla y comenzaron a sonar disparos, todos se dispersaron buscando el origen de los mismos y preparándose para responder, el silencio fue roto solo por el ulular del viento.
El polvo no nos permitia ver mas allá de veinte metros, pero cuando llegamos a la altura de los camiones vimos como unos soldados esgrimían sus fusiles amenazadores ante los jóvenes que habían llegado, los jóvenes llevaban chalecos de la media luna roja y cascos azules, pero los vigilantes no querían reconocer su autoridad.
El polvo parecía cegar el conocimiento y al final los interpretes nos ayudaron a calmar los ánimos, iniciamos la descarga de los sacos de arroz, las cajas de leche en polvo y demás cajas que contenían los camiones en un almacén subterráneo que había sido asignado como deposito.
Un medico canadiense y otro italiano comparecieron como fantasmas cubiertos de ese polvo ocre de las montañas, los dos pidieron las cajas de medicinas, que venían en los blindados y que fueron cargadas en un todo terreno y despachadas para el local que usaban como hospital.
La misión había concluido, pero uno de los camiones había roto uno de los ejes traseros en un bache, así que ante discusiones y amenazas decidimos abandonar el vehículo en el poblado hasta que pudieran volver a repararlo, los conductores se negaban pero desistieron cuando amenazamos con dejarlos con el camión, los jóvenes de la luna roja se hicieron cargo del vehículo y seguro que estaría reparado antes de que hubiéramos recorrido varios kilómetros pues había restos de vehículos en toda la ruta y seguro que canibalizando alguno arreglarían otro, pero a nosotros nos importaba recorrer los trescientos kilómetros de vuelta.
Los vehículos traqueteaban de nuevo por el camino de vuelta, envueltos entre el polvo y con los oídos atentos y los ojos intentando vislumbrar algo entre las estribaciones que nos rodeaban.
El enjuagarte la boca era escupir barro, pero había que saciar la sed de alguna manera, algunos golpes sonaron en el vehículo y después escuchamos los estampidos de los disparos tiraban desde lejos, lanzamos las cadenas y las redes desde la traseras de los vehículos y levantamos nubes de polvo, ese que ahora era nuestro aliado pues nos ocultaba de loa tiradores ocultos en las roturas de los cerros que os rodeaban, aceleramos hasta llegar al paso de las montañas y luego a la llanura, las distancias entre los vehículos aumento, al final en la llanura nos agrupamos de nuevo entre nubes de polvo, ya estábamos fuera del alcance de las armas.
El polvo se iba disipando cuando íbamos recogiendo las cadenas y las redes, ahora eramos visibles en la distancia y con los prismáticos podíamos ver figuras que se erguian sobre los cerros, nos apuntaban, disparaban pero las balas caían a escasos metros delante de ellos, el viento podía con sus proyectiles disparados desde la lejanía.
El camino se acababa y comenzaba una carretera asfaltada, con los mismos baches que el camino, pero ahora sin polvo, un helicóptero nos sobrevoló y varios cazas le sobrepasaron en dirección al lugar de donde procedíamos, habían emboscado a un convoy americano e iban a darle protección, nosotros tuvimos suerte, todo por el polvo, bendito polvo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario